Pero eso es otra historia...
domingo, 29 de abril de 2007
Algunos versos

Casi terminamos ya con la fase de pruebas del blog. Gracias de nuevo a Dani por las aportaciones técnicas y de diseño, espero que esto pueda estar más al día. Mientras, os dejo algunos poemas para leer entre horas.




Rima I

Son altas las cimas de nieves blancas
Y oscuras las nubes que el cielo rompen
Con rayos que estallan anticipados
al trueno que luego su fuerza impone.
Son blancas las cimas si el sol las roza,
Mas ya no lo hace pues es de noche;
Y el negro del cielo impregna el paisaje
Tornándolo tétrico sin sus colores.
No hay luces ni sombras, ni un pensamiento
Que aguante el embate de aquellos dioses;
No existe refugio ni salvaguarda
Ni techos ni casas misericordes.
Tan solo el poema de un hombre triste
Mantiene alejada a la muerte entonces:
los versos, tan graves y tan solemnes,
la harán tiritar por lo aterradores.
¡Que venga la dama con su guadaña!
¡Que acuda la parca con sus legiones!
Si queda un reducto de poesía,
El poeta será mucho más que un hombre;
Si queda un reducto de poesía…
¡Cielos y cimas, oíd su redoble!

Soneto I

Si pudiera dar fe que en mi futuro
Habría, al menos, algo de bendito,
Miraría a la muerte de hito en hito
Y reiría con el placer más puro.

Mas son tantas las noches que han caído,
Días y meses y años pasados…
Latentes recuerdos atormentados
Mecidos por mi más triste vahído,

Que no hallo ya júbilo en mis entrañas,
Que sólo sombras son siempre mi anhelo
Y el mundo se cubre de un negro velo;

que toda tierra me es ahora extraña,
que cada minuto sin ti me ensaña
y no hallo la paz bajo ningún cielo.


Soneto II

Quisiera del alba ser el custodio,
Ser de tus noches procaz centinela,
Huir de la sombra aferrado a tu estela:
Dar con la llave, enclaustrar todo el odio.

Ser de tus labios que antaño besara
Quisiera solaz y único dueño,
Mas sé que el papel que aquí desempeño
Fue escrito por mí, con tinta lacrada,

Lacrada de sueños, tan deslucida
Cual luna de plata que el vaho empaña:
Fue escrito por mí, con pluma afligida.

Soy sólo el custodio de horas sin pausas,
Poeta rendido que al tiempo no engaña,
Alma perdida, sin fines ni causas.

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martes, 12 de diciembre de 2006
Lo que nadie recuerda de la guerra

Y otro relato recién salido del horno. Cuidado, aún humea. Muchas gracias a todos por los comentarios. Cami, Diego, Eva, Jordi, Dani, Javi, todos los demás, las cien visitas que ya ha recibido esto le caen muy bien a mi moral. ¿Llegaremos a las doscientas?

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Siempre en formación regular, nos cuadramos y aguardamos a que el coronel Zilla, apodado El Jefe, se dignara a dirigirnos la palabra. Sentíamos el frío de Rusia introducirse inexorablemente por cada poro de nuestra piel. Los ojos de El Jefe se habían impregnado de ese mismo aire gélido y relumbraban como diminutas esquirlas de hielo azul. Cuando por fin abrió la boca, una larga cinta de vaho se deslizó sobre su nariz y fue a disolverse más allá de la línea que sus cabellos rubicundos ya en retirada dibujaban por encima de su ancha frente.

-¿Quién es el más veterano aquí? –preguntó.

Di un paso y ejecuté el saludo militar reglamentario.

-Yo, señor. Se presenta el cabo Püschel, de la 32ª división de infantería, señor.

-¿Es usted el oficial de mayor rango?

-No, señor.

El Jefe escupió y removió la nieve con la punta de sus lustradas botas.

-Da lo mismo. Le nombro oficial al mando de este atajo de niñitas que me trae. Distribúyalos como pueda entre los distintos batallones a la mayor brevedad.

Y eso hice. Bueno, eso intenté. Eran en total 22 soldados, de graduaciones y procedencias diversas. Había cinco críos que aún estaban aprendiendo a afeitarse, dos disidentes rusos, cuatro veteranos que nunca hablaban con nadie y que usaban sus rifles como jodidas segadoras de césped, y otras muestras de lo que podía hacerle el servicio militar a cualquiera que fuese a caer en sus garras, listo, idiota o maníaco, homicida, o pacifista, o zapatero o amante de las armas.

Un cabo se ofreció voluntario para acompañarme. Él me guió y me introdujo en las complejas relaciones sociales que se habían ido tejiendo entre muertes, amigos que se marchaban y amigos que regresaban bien en forma de cadáveres bien en forma de espectros tullidos. Fuimos adjudicando hombres más o menos por intuición. Tratábamos de no separar a aquellos que habían formado auténticas hermandades porque sabíamos que eso, al final, salvaba vidas. Por eso mismo tuvimos algún problema.

Por ejemplo, separar a los cinco novatos hubiese sido una crueldad, como arrancarles de una nueva familia ahora que ya no les quedaba ninguna. Los cuatro veteranos, a su vez, no habrían dudado en rompernos la crisma a culatazos si tan sólo hubiésemos osado sugerir que se separaran. Y posiblemente no les hubiese resultado difícil, eran auténticos perros de la guerra. Hijos de Hitler. Con la cabeza y la barba perfectamente rasuradas, el uniforme impecable, y esa manera de cuadrarse, con el canto de la mano bien recto sobre la costura del pantalón.

Trotábamos a lo largo de una trinchera ya abandonada con los rusos disidentes a la zaga cuando el cabo decidió presentarse formalmente.

-Me he ofrecido a ayudarte porque quiero algo a cambio.

Me palpé los bolsillos con teatralidad, porque era evidente que no llevaba dinero de ninguna clase encima. Nuestro dinero eran los cigarrillos, que intercambiábamos como miserables reclusos, fotos de chicas, no necesariamente eróticas, porque en realidad cualquier cosa nos parecía tremendamente sensual en comparación con la sucia y masculina compañía a la que estábamos habituados, y cosas así.

-No sé qué puedes querer de mí –dije.

-Conmigo no hace falta que te ocultes. Sé que tienes libros en tu bolsa. Lo he visto. –Y añadió-: me gustaría leerlos. ¡Hace tanto que no leo nada!

De esta manera empezó una amistad que apenas duró un mes.

No era cierto que el cabo hiciera tiempo que no leía nada. Que no leía nada nuevo para él, eso sí, pero tenía una buena colección de volúmenes que nunca descubrí de dónde sacaba.

Habían pasado ya tres semanas desde nuestra llegada cuando el cabo se decidió a revelarme su escondite. Estaba en el polvorín. Recuerdo que cerró la puerta con llave desde dentro, y con una linterna de campaña en la mano se puso a revolver entre los montones de cajas y paquetes. Apartó varios rollos de lona negra para el camuflaje de tanques durante la noche y se acuclilló junto a un baúl de municiones.

-¿Los guardas aquí? –pregunté.

El aire olía intensamente a pólvora, fósforo y petróleo entremezclados con el olor a humedad y a encierro.

-Es un sitio magnífico –me explicó-. En primer lugar, si lo encuentra nunca podrán relacionarme con eso, y además, nadie va a intentar robar nada porque todos tenemos más armas de las que hemos querido ver en toda la vida. O en cuarenta vidas.

-¿Y si intentan usar la munición de ese baúl?

-Yo tengo la llave.

-Podrían forzar la cerradura sin despeinarse. Yo mismo he abierto varios de esos con un par de patadas.

-Es poco probable que llegue a interesarle a alguien este baúl en concreto. Está en el fondo de toda esta basura y le he quitado las etiquetas. Antes intentarán abrir cualquier otro que tenga indicaciones de qué contiene.

Dicho eso, se sacó una llave diminuta de la caña de la bota e hizo saltar la cerradura. El baúl estaba lleno hasta los topes de libros. Libros nuevos, libros antiguos, libros sin cubiertas, deshojados, chamuscados, gruesos y famélicos. Metí las manos hasta los codos en la montaña de papel impreso y me puse a rebuscar tan entusiasmado como podría haberlo hecho en otra época un buscador de tesoros al dar con el cofre de los piratas.

-¡Joder! –exclamé-. ¿De dónde los has sacado?

-Puedes quedarte los que quieras. Llevo siete años por aquí y he tenido tiempo de aprendérmelos de memoria. –Para dar más credibilidad a sus palabras, tomó un volumen de poesía hinchado por la humedad y sin abrirlo, recitó-: No quedan soldados / ni glorias benditas, / no quedan muchachos / ni casas ni villas. / Son los fusiles que siguen matando / sin balas ni manos ni punto de mira.

Luego me lo acercó, abierto por una de las páginas centrales en la que pude leer el poema completo. Y lloré.

El cabo se quedó azorado.

-¿Por qué lloras? –quiso saber.

Pero yo no tenía respuestas. Todos llorábamos de vez en cuando. Procurábamos que fuese a solas. El motivo no era nunca claro. Éramos sanguinarios y asesinos, o hacíamos lo posible para serlo, pero a la hora de la verdad, nuestros cerebros estaban tan agujereados que bastaba una palabra, la foto de la madre de un compañero, la tonadilla de una canción que alguien silbaba sin siquiera darse cuenta, para convertirnos en niños asustados, niños que dormíamos abrazados a granadas de mano y a ametralladoras desmontadas que debíamos cuidar como a nuestra propia hermana, porque nos habían quitado los ositos de peluche.

Me sentía incómodo por mi escena. Entonces el cabo volvió a coger el libro y me explicó que lo había escrito él mismo. En efecto, en la portada figuraba su nombre. Creo que figuraba su nombre. No lo comprobé porque estaba secándome los ojos con un pañuelo que había lavado la noche anterior en el río. En realidad supongo que era cierto, aunque uno nunca sabe. A menudo inventábamos historias sobre nosotros, o nuestra familia, o la vida que habíamos llevado antes de alistarnos.

Ese fue el periodo más feliz que puedo recordar de mis días en el frente. Pasé tres noches seguidas tan agradecido por haber recuperado el placer de la lectura que apenas dormía. Después de la cena me dirigía silenciosamente al polvorín, localizaba el baúl sin etiquetas, y extraía al azar un volumen. Novelas, libros de historia, poesía, teatro, literatura de todos los tamaños y colores. La había blanca, negra, rosa. Literatura minúscula y ridícula que trataba de sexo y aventuras amorosas, y literatura colosal y gigantesca, que me obligaba a seguir leyendo durante todo mi turno de descanso y regresar luego a mi puesto de guardia ojeroso y borracho de agotamiento.

Llegué a gastar tantas pilas para mi linterna de campaña que incluso el superintendente me preguntó, medio en serio y medio en broma, si había encontrado un mercado para esas putas pilas, o qué.

Me acostumbré al cansancio permanente. Antes ya solía dormir poco, debido al frío y a las pesadillas, pero a partir de aquel momento prácticamente no pegaba ojo. Con un libro entre las manos, metido en mi saco de dormir a la luz de la linterna, leía, leía, y cuando me daba cuenta había perdido otro turno de sueño. Creo que me era indiferente. Agradecía tanto poder catapultar mi mente más allá de toda la maquinaria de la guerra y su constante exigencia de sangre derramada, la nuestra o la suya, daba igual, que me hacía más bien leer que dormir.

Me revitalizaba. Me daba fuerzas.

El doce de marzo nos dieron una hora de descanso a todos en memoria de El Jefe, al que habían liquidado cuando huyó despavorido al prenderse fuego en la cabina de su tanque.

Para no morir asado entre las planchas de metal, el general saltó a tierra y echó a correr en zigzag con la cabeza agachada y los brazos sobre la nuca por si se le venía algo encima. Lástima –o no tan lástima-, que lo que se le vino encima fue todo un tigre alemán, uno de los nuestros, que en su apresurada retirada no pudo esquivar al general aterrorizado. Las orugas de la bestia dejaron al tipo partido en varios trozos, y algunos juraban que sus últimas palabras habían sido: “!Acelera, cabrón! ¡Si me dejas vivo te machacaré las pelotas a patadas y me follaré a tu mujer con la polla envuelta en alambre de púas!”.

Conseguí media botella de vodka de alguien que me debía un favor e invité al cabo a tomar algunas rondas en los barracones de oficiales.

-Tengo que confesarte algo –dijo.

Esperé en silencio, sin saber muy bien cómo reaccionar.

-Dicen que la guerra se está acabando ya. Dicen que la hemos perdido. Y ¿sabes?, no me importa en lo más mínimo –confesó.

-A mí tampoco. Ya no sé si quiero volver o quiero morir aquí. ¿Cómo voy a volver a mi pequeño pueblo y pasearme entre esa gente que he conocido, ahora que he entendido lo fácil que es matar?

-Sí… Pero al menos tú has sido valiente.

-Tanto como tú –repuse-. Los dos estamos vivos.

-Eso no significa nada. Aquí morimos igual los cobardes y los valientes. Si eres afortunado mueres antes. De todas formas no hablaba de eso…

-¿De qué, entonces?

-De los libros. –Sacó de debajo de su colchón una novela policíaca británica-. Desde que me mandaron a este infierno no puedo terminar los libros. Soy tan cobarde que no soporto los finales de las historias. Leo todos los libros a medias y luego los tiro por ahí, así siempre me queda la impresión de que ese mundo que he abierto sigue vivo, sigue existiendo. Como un sitio al que escapar si todo lo demás acaba fallando. Si algún día salgo de aquí me gustaría coger todos esos libros y terminarlos. Saber qué les ocurre a esos personajes. ¿Tú crees que podré volver a leer un libro entero?

Lo supe a la mañana siguiente. Supe que jamás podría volver a leer un libro entero, porque una mina estalló bajo sus pies y le dejó reducido a astillas. En principio la mina debió haberle mutilado, pero resultó que era defectuosa, y produjo una explosión tan desmesurada que en la retaguardia muchos se echaron al suelo pensando que nos bombardeaban. Todo lo que quedó del cabo fueron las botas, inexplicablemente alineadas en el mismo lugar que habían ocupado antes de la explosión. Bien lustradas y paralelas. Con los pies seccionados a la altura de las pantorrillas aún en el interior.

Cada tres o cuatro días uno de los altos mandos del regimiento oficiaba una especie de misa, mitad militar y mitad religiosa, aunque intentaban que no lo pareciese. Era tan frecuente el no poder recuperar los cuerpos, que las sepulturas eran más simbólicas que otra cosa. Desde que el cabo murió no había vuelto a pisar el polvorín, y como aquella mañana iban a dedicarle una de esas ceremonias, a él y a otros siete soldados, me dispuse a encontrar aquel libro que había escrito para leer unas líneas en su honor. No estaba muy seguro de ser capaz de reconocer el libro, pero de todas formas no fue necesario.

El baúl había desaparecido. Busqué, en vano, durante casi una hora. Allí no estaba. Sostenía en la palma de la mano la pequeña llave sin ninguna cerradura que abrir. Corrí a los barracones, pero debajo de mi colchón no había ningún libro. Ni una página, se habían esfumado.

Era cierto. Habíamos perdido la guerra. Los rusos estaban aniquilados, pero las tropas de refuerzo de los aliados rodearon nuestra indefensa posición. No pudimos ni reaccionar. Todos nos rendimos sin condiciones cuando el coronel, que hacía las funciones de general, nos instigó a hacerlo aunque él no pudiera por amor propio y dignidad alemana, según dijo. Se pegó un tiro en la boca y se sumó de esta manera a la lista de nombres por los que debía haber oficiado aquel funeral que nunca llegó a tener lugar.

Lo más extraño de todo es que no he logrado recordar el nombre de aquel cabo callado y serio, que se definía como cobarde porque no era capaz de pasar de la mitad de un libro por miedo a que se terminara.

La pequeña llave del baúl aún la conservo, pero eso es otra historia...

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domingo, 3 de diciembre de 2006
Las diosas no viajan en metro


Sin más, dejo aquí algo que escribí. Es un relato corto o algo que se le parece. Ya seguiré contando más sobre este blog. De momento leed, si quereis.

David era una estrella muerta. Una estrella roja, intensa y muerta. Hablo de esas estrellas que se supone que aún podemos ver en el cielo aunque estallaron hace miles de años. A él le pasaba lo mismo: seguía moviéndose, caminando, del trabajo a casa y de casa al trabajo, pero en realidad había dejado de existir hacía ya un par de años. Cuando charlabas con él lo notabas, notabas que en realidad no estaba allí. Era como hablar con una pared, una de las que no tienen orejas.

Al final se lo dije:

-Estás muerto, ¿lo sabías?

-Claro –respondió-. Has tardado en darte cuenta.

Llenó un vaso con la botella de wisky barato que había dejado en la mesa hacía poco y se lo echó al gaznate como si fuese agua. Llenó otro y repitió el procedimiento.

-Es una pena, escribías bien –dije.

-¿Tú crees? Yo no me acuerdo, estoy muerto.

-Sí, sí. Ya basta de ese tema. En fin, me voy.

-¿A dónde? –me preguntó, realmente sorprendido.

-No lo sé. Tomaré el metro y cuando pase por una estación que empiece por erre, me bajaré.

-No se me ocurre ninguna. Podrías pasarte toda la tarde dando vueltas.

-Mejor. Además, en el metro hay chicas. Podría conocer a una chica interesante. A alguien amable. A alguien vivo, no como tú.

David se encogió de hombros. Parecía realmente demacrado con la barba de tres días y el pelo, como ala de cuervo, grasiento y alborotado, demasiado largo para ser corto y demasiado corto para ser largo. Allí le dejé, llenando otro vaso.

Ya en la calle, David se asomó a la ventana y me gritó desde el tercer piso:

-¡Las diosas no van en metro!

-¿Ah, no? –le espeté-, ¿y cómo van de un lugar a otro?

-¿Y yo qué coño sé? –farfulló, y cerró la ventana de un portazo.

Me alejé desconcertado. Hacía frío y no tenía chaqueta. Caminaba con las manos en los bolsillos de los vaqueros, lo que me proporcionó una excusa perfecta para no coger el periódico gratuito que un hippie intentó endosarme al doblar la esquina. En el bolsillo derecho encontré una moneda de veinte céntimos. Se la tiré al tipo y le dije:

-Anda, cómprate una filosofía nueva.

-Con eso no tengo ni para entrar en una secta –contestó malhumorado.

-Pues cómprate una religión. En las rebajas de enero seguro que hay alguna. Las monoteístas están bajando de precio últimamente, debido a la competencia.

Aceleré el paso y me metí en una boca de metro. Allí el aire era agradablemente cálido, impregnado del aliento de la tierra. Bajé los escalones de dos en dos aunque no tenía prisa, pero lo perdí. El metro culebreaba ya hacia su madriguera de túneles cuando llegué abajo.

Al menos parecía que mis manos se recobraban. Me apoyé contra la pared y me las froté para entrar en calor.

Al cabo de poco llegó una chica y se puso a mi lado. Era pequeña y delgada, frágil. Iba excesivamente maquillada y se movía para que la observaran. Tenía una melena exuberante que se derramaba hasta la mitad de su espalda, rojiza, encendida de fuego irlandés. Me miraba abiertamente. Por contraste, el resto de la estación parecía en blanco y negro.

No dije nada, y como había supuesto me habló al cabo de unos segundos.

-¿A dónde vas? –quería saber.

-No lo sé. Voy a bajarme en la primera estación que empiece por erre.

-¿Por qué por erre? ¿Hay alguna razón? –sus pestañas aletearon en sus ojos verdes, largas y espesas como noches de invierno.

-No, simplemente voy a hacerlo.

En ese momento llegó el metro y de las puertas abiertas brotó un torrente de gente que se apresuró, nada más bajarse, hacia las escaleras de salida. La pelirroja y yo entramos en el mismo vagón.

-¿Entonces no vas a decirme a dónde vas? –continuó con su interrogatorio.

Nos habíamos sentado juntos al fondo y su pierna tocaba la mía. La sentí tibia a través de la ropa.

-Te lo diré si antes me dices tú a dónde vas.

-A San pablo –respondió inmediatamente-.

-Entonces yo me bajo en la siguiente.

-La siguiente no empieza por erre, es Alfonso XIII.

-He cambiado de opinión. Acabo de comprender que me conviene alejarme lo antes posible de ti. Eres una asesina.

-¿Yo? –exclamó, y se llevó una mano a los labios como para sofocar un grito o una risa.

-Hace dos años una chica como tú mató a mi mejor amigo. Eso podría llegar a perdonarlo, pero, además ese amigo era un gran escritor. La chica, que era como tú, acabó con él… Y podría ser que ahora me tocase a mí. Todavía no me apetece morir –me expliqué pacientemente.

Ella arqueó una ceja y yo me puse de pie porque ya estábamos llegando a la siguiente estación. Me preguntó:

-¿Y cómo son, según tú, las chicas como yo?

-No sé –respondí desde la puerta, a punto de bajarme-. Magas, hechiceras. Las diosas no viajan en metro, así que debes ser un diablo.

-Soy un diablillo –ronroneó seductora. Faltó poco para que cambiara de opinión y volviera a sentarme a su lado. Únicamente el recuerdo que las palabras de David que acababa de usar habían conjurado me dieron la voluntad necesaria para arrastrarme al exterior y deshacerme de ella.

Tenía que permanecer solo. Yo lo sabía. Cuando lo olvidabas corrías el riesgo de ser atrapado, y con el tiempo, después de la breve satisfacción inicial que comporta el dejarse atrapar, vendría la caída, la muerte. Ser olvidado por una mujer es morir, casi siempre. Aún no era mi turno.

De nuevo en la calle, en el frío. Las manos heladas en los bolsillos y el alma helada repartida en cada uno de los versos que he escrito. Me froté las manos para calentarlas, pero el alma sólo puede frotarse con otra.

En la enorme fachada de un centro comercial ya habían puesto las luces de navidad. Se arracimaban formando los motivos universales de estas fechas. Las moscas y las personas acuden a la luz por igual. Justo sobre la entrada, flanqueada por dos grandes árboles cuyas ramas aparecían cuajadas de estrellas y pequeños regalos con lacitos rojos, habían colocado un cartel de neón que rezaba: felices fiestas, próspero año nuevo, y que os den por el culo.

Al cabo de unos días me contaron que la última parte del mensaje era una pequeña broma vengativa que había montado un empleado al que acababan de despedir, pero eso es otra historia…

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Enviat per Alan 15:21   6 comments
martes, 28 de noviembre de 2006
Breve presentación
Siempre se me han dado mal las presentaciones. Así que, si no me conoces, te invito a quedarte un poco más por aquí. Si es cierto que hay tantos libros como lectores de cada uno de ellos, ¿por qué no aplicar lo mismo a los blogs? Pasa, ponte cómodo o cómoda, y quizá encuentres algo que te guste.

Si por el contrario ya me conoces, tienes una ligera idea de qué encontrarás, así que no sea dicho que no avisé. Pero en definitiva, leyéndome descubrirás algo más de lo que me quita el sueño (o me lo provoca).

Entrando en materia, hacía tiempo que buscaba una forma de bitácora, y esto es lo mejor que se me ha ocurrido por ahora. Algunos poemas, relatos, divagaciones más o menos absurdas; retazos quizá de aquello que he vivido, a veces en clave de humor, otras en clave de nada en particular. También tengo previsto iniciar un pequeño proyecto en el que espero que todos quienes lo deseen puedan echar una mano.

Y con eso me despido. Gracias a Cami que ha ayudado muchísimo a montar el blog. Sobre ella, sobre mi proyecto y demás os tendré al día. Pero ahora no, porque, como dice el título: eso es otra historia…

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Enviat per Alan 14:21   0 comments

PRESENTACIÓ

Entrando en materia, hacía tiempo que buscaba una forma de bitácora, y esto es lo mejor que se me ha ocurrido por ahora. Algunos poemas, relatos, divagaciones más o menos absurdas; retazos quizá de aquello que he vivido, a veces en clave de humor, otras en clave de nada en particular.

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